La gente suele expresar reticencia al cambio, pero los inversores deberían abrazarlo. Al fin y al cabo, la palabra «cambio» puede ser sinónimo de transición, disrupción o incluso revolución, y cuando se cuestiona el statu quo, pueden surgir oportunidades significativas.
El mundo atraviesa una serie de transiciones individuales pero interconectadas que redefinirán la manera en que vivimos, trabajamos e interactuamos. Al considerar este mundo en transición desde múltiples perspectivas y explorar más allá de lo obvio, los inversores podrían sacarle provecho y capturar ganancias a largo plazo.
Un enfoque a largo plazo
Poca gente niega hoy en día que para evitar una catástrofe medioambiental debemos transformar la manera en que vivimos en nuestro planeta. También se reconoce que la descarbonización y los cambios en nuestra forma de interactuar con la biodiversidad no van a lograrse de la noche a la mañana: se trata de transiciones que se prolongarán durante décadas.
En todo gran viaje es natural experimentar cansancio. Quizá nos equivoquemos de camino de vez en cuando, pero en última instancia, el destino valdrá la pena. Cabe afirmar que los inversores se sienten cansados por lo que respecta a la sostenibilidad. Al mismo tiempo, y sin menoscabo de sus buenas intenciones, el deterioro del entorno económico ha hecho que otros aspectos urgentes hayan pasado a un primer plano, entre ellos la inflación persistente, tipos de interés crecientes y la posibilidad de una recesión global.
¿Cómo acelerar el ritmo?
En este contexto, es esencial recordar que estamos avanzando. Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), la provisión de energía renovable va camino de superar las expectativas, con un aumento de la capacidad del 33% a medida que países de todo el mundo aceleran su despliegue. Al mismo tiempo, una actualización de la ONU sobre la capa de ozono ha mostrado que los esfuerzos de salvaguarda están surtiendo efecto y que estamos encarrilados hacia su plena recuperación.
Estas dos victorias ilustran que el ingenio y la implementación de medidas eficaces pueden dar marcha atrás a las consecuencias imprevistas de nuestras acciones pasadas. Como inversores, debemos mantener obstinadamente nuestra confianza en que invertir en soluciones sostenibles y en empresas que aplican criterios medioambientales, sociales y de buen gobierno (ESG) puede tener impacto tanto en el planeta como en nuestras carteras, incluso si el destino final todavía parece muy lejano.
Es momento de cerrar el círculo
Paralelamente al imperativo de proteger el medioambiente, es necesario transformar la economía. Durante miles de años, la humanidad ha tomado lo que necesita del planeta sin reponer estos recursos naturales. Pero con la explosión de la población humana desde 1000 millones de personas en 1800 hasta casi 8000 millones hoy en día, este modelo económico de extraer, producir y tirar ya no es soportable.
Para abordar el agotamiento de los recursos debido a la acción del hombre, debemos pasar a un modelo económico más circular, a un ecosistema de reducir, reutilizar y reciclar capaz de “satisfacer las necesidades de todos dentro de los medios del planeta”. Desde una perspectiva de negocio, esto obliga a las empresas a optimizar sus estrategias de producción, examinando la circularidad de sus cadenas de suministro: ¿Son los recursos plenamente renovables? ¿Pueden recuperarse de productos eliminados? ¿Es posible ampliar la vida útil de los productos? Al mismo tiempo, es necesario cuestionar las prácticas existentes. Por ejemplo, el movimiento del “derecho a reparar” insta a las compañías (sobre todo en el sector tecnológico) a poner fin al sistema de “obsolescencia programada” que anima a los consumidores a actualizar dispositivos con mayor frecuencia de la necesaria.
El giro hacia un modelo económico circular se ve amplificado por el poder del pueblo: los consumidores exigen una mayor transparencia de las cadenas de suministro y ya no quieren asociarse con empresas que, a sus ojos, hacen más mal que bien. Los inversores reconocen merecidamente esta transición económica como creadora de valor. No solo puede elevar la rentabilidad potenciando la eficiencia de los negocios o mediante soluciones circulares innovadoras, sino que también puede ayudar a mitigar el riesgo de exposición a empresas acusadas de malas prácticas corporativas, casos que pueden tornarse virales a través de las redes sociales y erosionar su valor bursátil.
Desarrollos de desglobalización
Al comenzar el siglo XXI, el mundo se hallaba en una trayectoria de globalización, reforzada por la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC) en diciembre de 2001. Pero esta era de mayor integración global se ha fracturado, y ahora avanzamos en un rumbo geopolítico diametralmente opuesto.
La transición hacia la desglobalización, o “reducción de riesgo”, obedece a una combinación de factores. Un marcado giro sociopolítico ha alejado las perspectivas políticas desde el centro a los extremos del espectro, permitiendo a algunos políticos adoptar posturas más populistas, como por ejemplo el proteccionismo. El crecimiento estructural de China ha cuestionado el statu quo del sistema internacional centrado en EE. UU., dividiéndolo en dos fuentes predominantes de poder e influencia. Por último, la pandemia puso de relieve la dependencia excesiva del sector industrial en la capacidad manufacturera de China.
Pese a tener enormes repercusiones sobre el comercio global, la desglobalización está creando nuevas entradas interesantes para los inversores. Otras naciones, como la India, están sacando partido al afán de las empresas por limitar su dependencia de China como centro manufacturero, la llamada estrategia “China más uno”. Los gobiernos están ofreciendo subsidios considerables para repatriar ciertos sectores de importancia estratégica; la Ley de Ciencia y CHIPS de Estados Unidos, por ejemplo, representa un valor total de 280.000 millones de dólares. En este entorno geopolítico en plena transición, la vigilancia se está convirtiendo en un componente vital del herramental del inversor.
Las repercusiones sociales
Las tendencias demográficas están teniendo un impacto social igualmente transformador. El rejuvenecimiento económico de Asia, por ejemplo, ha permitido a millones de sus habitantes escapar a la pobreza y obtener seguridad económica. En 2020, se estimó que 2000 millones de asiáticos pertenecían a la clase media, una cifra que va camino de alcanzar los 3500 millones de personas de aquí a 2030 (frente a 647 millones en Estados Unidos en 2020).
La prosperidad en estos países ha espoleado la emigración de zonas rurales a urbanas, acompañada de una transformación en los hábitos de consumo en la región. Además de su preferencia por marcas de lujo, se prevé que el apetito de carne y marisco del consumidor asiático aumentará en un 78% de aquí a 2050. Aunque esto podría ejercer una mayor presión si cabe sobre los recursos del planeta, ha creado un floreciente mercado para los productos de marcas occidentales establecidas.
En el resto del mundo, cada vez más consumidores están dando la espalda a los productos cárnicos a favor de sustitutos de origen vegetal. La tendencia del veganismo, o del flexitarianismo (menos riguroso al permitir el consumo ocasional de carne o marisco), ha transformado la industria alimentaria. Se prevé que las ventas de carnes y lácteos de origen vegetal aumentarán de 29.000 millones de dólares en 2020 a 162.000 millones de cara a 2030.
Al mismo tiempo, el rápido envejecimiento de la población está revolucionando la prestación de servicios sanitarios, acelerando la adopción de nuevas tecnologías y el desarrollo de la medicina preventiva.
La monitorización de tendencias demográficas a largo plazo puede ser un ángulo de inversión útil, debido a sus importantes implicaciones en el desarrollo social y económico, al igual que la sostenibilidad medioambiental.
Innovación industrial
Colectivamente, esta confluencia de transiciones está dando pie a una enorme conmoción en todos los sectores. Las empresas deben reaccionar a rápidos cambios geopolíticos o medioambientales y mantenerse al día sobre los apetitos y preferencias más recientes de los consumidores.
La mayor transformación para el mundo comercial quizá proceda de la innovación científica y tecnológica. La esperanza es que soluciones innovadoras propicien resultados positivos para muchos de los retos a los que se enfrenta el planeta. Por ejemplo, ¿realizará la fusión nuclear su potencial para proporcionar una fuente de energía limpia, segura y prácticamente ilimitada? ¿Puede la tecnología ARNm emular su éxito con el covid desarrollando nuevas vacunas esenciales?
La innovación más inminente y transformadora será probablemente la implementación de la inteligencia artificial (IA). La expectativa es que tendrá un amplio impacto en muchas áreas, desde el empleo, la generación de contenidos y la seguridad de los datos hasta el consumo de energía e incluso la diversidad y la inclusión. Tiene potencial de forjar nuevas avenidas de crecimiento para las empresas y de ayudarlas a optimizar sus costes. Pero con tanta disrupción, algunas de ellas caerán inevitablemente presa de la desintermediación si no logran adaptarse con suficiente rapidez. Además, la IA ya está avivando temores en torno a la robotización de trabajos, el desplazamiento de empleados y el potencial de subversión y abuso en innumerables áreas. Por consiguiente, es crucial considerar esta tecnología dentro de un marco ESG más amplio.
Con todo, los inversores harían bien en seguir atentamente este mundo tecnológico en rápido desarrollo, pero sin sucumbir a la exageración y la especulación.
Una década de cambio y acción
Nos encontramos en una década de cambio decisiva, que también debería considerarse como una década de acción. Gobiernos, empresas, consumidores e inversores deben actuar para reconocer y responder a las transiciones a menudo interconectadas que atraviesa el mundo. Sencillamente, la inacción no es una opción. Desde una perspectiva de inversión, es necesario analizar las estrategias de transición de las empresas, no solo para identificar a los líderes de mañana, sino también a aquellas que no logran adaptarse.
En BNP Paribas Asset Management creemos que tener más en cuenta las externalidades, y en especial los factores sociales y medioambientales, nos puede ayudar a crear valor y a mejorar el mundo. Queremos ser un motor de la transformación, colaborando con nuestros clientes para abordar hoy los retos del mañana.
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