Ha sido un año complejo para la inversión sostenible. Por un lado, el sector financiero se ha sumado en masa a los compromisos de cero emisiones netas, por no hablar de los esfuerzos realizados en todo el sector para preparar y poner en marcha el Reglamento de Divulgación de Finanzas Sostenibles (SFDR, por sus siglas en inglés). Por otro lado, ha aumentado el escepticismo en lo que respecta al alcance de la integración de las cuestiones ESG y las prácticas de inversión sostenible.
En lo que se refiere a la integración de los factores ESG, ¿se está produciendo un cambio fundamental en las prácticas del sector o estamos ante un proceso de blanqueo ecológico? Es probable que un poco de todo. A continuación, ofrecemos cinco maneras de determinar en qué medida.
Mucha más regulación y supervisión
El rápido crecimiento de la inversión sostenible ha precipitado la necesidad de contar con un marco normativo adecuado, que ayude al sector financiero, y a las gestoras de activos en concreto, a continuar evolucionando.
Con Europa a la cabeza, los reguladores de todo el mundo tratan de decidir cómo definir, medir, supervisar y aplicar las normas y la comunicación de información en materia de inversión sostenible. Así, aunque puede resultar complicado conocer toda la normativa aplicable, desde el SFDR a la Directiva MiFID II, la Directiva de Informes de Sostenibilidad Corporativa (CSRD, por sus siglas en inglés) o la taxonomía de la UE, la buena noticia es que toda esta regulación avanza en la misma dirección, hacia una mayor armonización de la integración de las cuestiones ESG, favoreciendo el acceso a la información y definiendo herramientas comunes de medición.
Otros ámbitos de la inversión sostenible que son objeto de un número creciente de iniciativas normativas y sectoriales formales y voluntarias en las distintas regiones son la Gestión responsable: cuestiones medioambientales y de remuneración de los directivos (votación y diálogo), la aplicación de políticas de exclusión y la inversión temática y de impacto.
A medida que la inversión sostenible vaya evolucionando, los inversores contarán con nuevos mecanismos para asegurarse de que no les están vendiendo promesas vacías.
Objetivo: cero emisiones netas
Según McKinsey[1], para poder hacer frente a los desafíos que trae consigo la transición energética, el mundo tendrá que invertir entre 3 y 3,5 billones de dólares más al año de aquí a 2050. Aunque no es una cifra nada desdeñable (equivale a la mitad de los beneficios empresariales registrados en todo el mundo), también representa una importante oportunidad económica y resulta esencial para mitigar los efectos más devastadores del cambio climático.
Ante la magnitud de la necesaria reasignación de capital, la cumbre COP26 celebrada en Glasgow contribuyó a impulsar el compromiso de los inversores y los distintos países para lograr un nivel de cero emisiones netas en 2050. En la actualidad, en torno a 450 instituciones financieras, con un volumen de activos gestionados de 130 billones de dólares, se han sumado a la Alianza Financiera de Glasgow para las Cero Emisiones Netas (GFANZ, por sus siglas en inglés)[2].
Todo ello exige que se produzcan cambios fundamentales en la manera en la que el sector financiero financia la economía real e invierte en ella, así como cambios políticos que determinen el precio de las emisiones y preparen el camino hacia una economía más sostenible e inclusiva.
Atención a las prácticas de gestión responsable
En los últimos años, las actividades de gestión responsable, como la votación en las juntas generales de accionistas, el diálogo con las empresas y las políticas públicas, han obtenido un reconocimiento cada vez mayor, lo que ha provocado que las gestoras de activos se vean sometidas a un mayor control en este sentido: ¿votan a favor de las propuestas de los accionistas relacionadas con el clima? ¿Quizás incluso las presentan? ¿Responden a las numerosas peticiones del sector sobre la presentación obligatoria de información climática por parte de las empresas? Y, en caso afirmativo, ¿qué es lo que reclaman y por qué?
Ya no es el momento de optar por un perfil bajo: ahora es importante que las gestoras ejerzan su derecho al voto y entablen relaciones de diálogo con las empresas, y el enfoque que apliquen en este sentido influirá cada vez más en la decisión de los clientes a la hora de contar con sus servicios. Las cuestiones relacionadas con el clima constituyen el objeto principal de muchas de las propuestas presentadas por los accionistas de las empresas, pero otras como la diversidad y la inclusión están adquiriendo una importancia cada vez mayor.
La medición del impacto es el futuro
Está en nuestra naturaleza querer tener un impacto positivo. Lo mismo les ocurre a los inversores.
Aunque aún hay mucho debate en torno a lo que es y debería ser la inversión de impacto (¿es solo para mercados no cotizados?, ¿se ajusta a los fondos clasificados como Artículo 9?), lo cierto es que disfruta de una fuerte demanda.
Pensamos que se continuará avanzando en la manera en la que las empresas y las carteras miden el impacto de la inversión, y que, además, las gestoras de activos tratarán de medir (y gestionar) el impacto sobre los billones de activos que gestionan en total.
Entre los ejemplos de cuantificación del impacto destacan los informes realizados por los firmantes de los Principios Operativos para la Gestión del Impacto. Un ejemplo de ello es también la publicación este mismo año de nuestra Huella de Biodiversidad (disponible en este enlace).
Las gestoras han de predicar con el ejemplo
Las gestoras insisten cada vez más en que las empresas mejoren su rendimiento en materia de factores ESG, como la consecución de un nivel cero de emisiones netas, la reducción de su impacto en la naturaleza y la mejora de la diversidad, por lo que parece justo que estos objetivos constituyan también una prioridad en sus propias organizaciones.
Pensamos que las gestoras deben predicar con el ejemplo con actividades como la promoción de la diversidad y la inclusión, la reducción del uso de papel, la prohibición de plásticos de un solo uso y las relaciones con la comunidad, lo que les proporcionará la legitimidad que necesitan para generar un impacto con las empresas en las que invierten. La demostración de una cultura de sostenibilidad se convertirá en un requisito esencial para satisfacer las expectativas de los clientes y atraer y retener el talento.
En resumen, pensamos que la evolución de la inversión sostenible en esta línea puede contribuir a su protección. El sector financiero tiene la oportunidad y la obligación de utilizar sus prácticas de asignación del capital y gestión responsable para impulsar una economía real más sostenible.
El aumento de la transparencia en todo el sector, impulsado por unos reguladores cada vez más exigentes, dificultará la labor de aquellas gestoras que no cumplan los requisitos.
Referencias
[1] The net-zero transition: Its cost and benefits | Sustainability | McKinsey & Company
[2] Alianza Financiera de Glasgow para las Cero Emisiones Netas (GFANZ) (gfanzero.com)
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