Biden y un senado incierto

El candidato demócrata y antiguo vicepresidente Joe Biden ha ganado las elecciones presidenciales de 2020 y será el 46.º presidente de los Estados Unidos de América. Los demócratas han mantenido el control de la Cámara de Representantes con una mayoría reducida. El control del Senado continúa siendo incierto. 

Donald Trump es el primer presidente que no es reelegido para un segundo mandato desde George HW Bush en 1992, pero el respaldo de los votantes a Joe Biden y el Partido Demócrata ha sido más débil del que indicaban las encuestas preelectorales. Aunque aún pueden quedar pendientes ciertos recuentos o medidas legales, los mercados estadounidenses de renta variable han subido con fuerza tras las elecciones, gracias a la reducción de la incertidumbre política y al optimismo generado por las posibles vacunas contra el COVID-19.

Biden ha logrado reconstruir el «muro azul» en los estados de Wisconsin, Michigan y Pensilvania que Trump le arrebató en 2016. También ha ganado en Arizona, convirtiéndose en el primer demócrata en conseguirlo desde 1996. Actualmente va por delante en Georgia, donde se está llevando a cabo un recuento, y ha obtenido una cómoda victoria en el voto popular. No obstante, su margen de victoria ha sido más estrecho del que habían anticipado las encuestas previas a las elecciones. Por otro lado, aunque los demócratas mantienen el control de la Cámara de Representantes, su mayoría se ha visto reducida. Se prevé una dura batalla por el control de la cámara en las elecciones legislativas de 2022.

La carrera hacia el Senado: todas las miradas en lo que pasará en Georgia en enero

Existe una profunda división filosófica entre los dos partidos. La capacidad del presidente Biden a la hora de convencer al Congreso para que apruebe siquiera alguna de las leyes que se necesitan para poner en marcha algunos aspectos esenciales de su programa electoral, incluida la posibilidad de aprobar nuevas medidas de estímulo fiscal a principios del próximo año, depende de que los demócratas controlen ambas cámaras del Congreso. No puede contar con la ayuda de los republicanos. Esta situación no supone ningún problema en la Cámara de Representantes, pero podría convertirse en un importante obstáculo en el Senado.

A 13 de noviembre de 2020, los republicanos cuentan con 50 senadores y los demócratas con 48, con dos escaños aún por determinar:

  • Ambos escaños se decidirán en la segunda vuelta de las elecciones en el estado de Georgia, previstas para el 5 de enero de 2021.

Así que los demócratas aún tienen la oportunidad de empatar en el Senado si consiguen ganar ambos escaños. En caso de empate, los demócratas lograrían el control de la cámara gracias al voto de calidad de la vicepresidenta Kamala Harris.

Si son los republicanos los que consiguen uno o los dos escaños que están en juego en la segunda vuelta de las elecciones, podrán bloquear todas las leyes que los demócratas deseen promover y tendrían derecho de veto sobre el nombramiento de los miembros del gobierno de Biden, así como sobre los cargos de dirección de los organismos ejecutivos y, por supuesto, los nombramiento judiciales. Por el contrario, si los demócratas consiguiesen ganar ambos escaños, se abriría la puerta a la posible aprobación de nuevas medidas de estímulo fiscal y otras importantes cuestiones incluidas en el programa electoral de Biden.

Es evidente que el resultado de esta segunda vuelta de las elecciones tendrá importantes repercusiones en la política estadounidense de los próximos años y que ambos partidos realizarán grandes esfuerzos humanos y económicos para conseguir estos escaños.

Según los datos históricos, los republicanos parecen partir con ventaja. En la segunda vuelta de las elecciones celebradas en Georgia en el año 2017, el demócrata Jon Ossoff, que aspira a uno de los escaños que han de decidirse en enero, perdió frente a la republicana Karen Handel a pesar de haber dedicado a su campaña mayores recursos económicos que la candidata republicana, en las que se convirtieron en las elecciones más caras de la historia estadounidense.

Sin embargo, la coyuntura demográfica de Georgia ha cambiado en los últimos años, y la amplia campaña de registro de electores llevada a cabo por Stacey Abrams ha contribuido a modificar la dinámica de las elecciones en este estado: Biden está a punto de convertirse en el primer demócrata en ganar el voto presidencial en Georgia desde que Bill Clinton lo consiguiera en 1992.

El control del Senado va a estar muy reñido. Es posible que los republicanos solo necesiten uno de los escaños, no ambos, y podrían verse favorecidos por un descenso de la participación en las elecciones de enero con respecto a las elecciones de la semana pasada. Pero aún es pronto para descartar totalmente una victoria demócrata.

Lo que sí es evidente es que la esperanza de los demócratas de contar con una mayoría sólida en el Senado se ha desvanecido. Esta mayoría les habría permitido hacer frente a un pequeño número de deserciones entre los senadores moderados en alguna votación determinada y habría aumentado las posibilidades de que los demócratas se decidieran a eliminar la norma que permite el «filibusterismo» parlamentario[1].

La eliminación de esta norma sería fundamental para que los demócratas pudieran realizar cambios importantes, e incluso radicales, como el aumento del salario mínimo federal, la concesión de la categoría de estado de Washington DC y la modificación de la composición del Tribunal Supremo. En principio, se podría eliminar dicha norma con 50 escaños (más el voto de calidad de Harris), pero es difícil. Un único voto demócrata en contra lo impediría, y hay algunos senadores demócratas que dudan de que su eliminación resulte adecuada.

Gobierno de Biden: primeras medidas y composición del gobierno

Biden se encuentra en una posición inusual: ha ganado las elecciones presidenciales, pero no sabe si el Congreso lo apoyará tras su toma de posesión. Su equipo de transición tendrá que contar con la tenaz oposición del Congreso a su programa, a la espera de una victoria demócrata en Georgia en enero, que podría permitir avances legislativos.

Dejando a un lado las elecciones de Georgia, gran parte de la atención a corto plazo de los participantes en el mercado se centrará en los decretos presidenciales que Biden podría firmar en cuanto tome posesión de su cargo, así como en las personas elegidas para ocupar los principales cargos de su gobierno, como la Secretaría del Tesoro y la Secretaría de Estado.

El equipo de Biden ya ha comenzado a informar a los medios sobre las medidas que desean tomar en los primeros días de su presidencia. La prioridad está en poner en marcha iniciativas para hacer frente a la pandemia de COVID-19. Entre ellas se incluyen el control de la gestión de la cadena de suministro de los equipos de protección personal y otros equipos esenciales, la exigencia de mascarilla en los edificios públicos, la renovación del programa de test y rastreo y la ayuda federal a los distintos estados a la hora de reabrir sus economías y sociedades evitando un aumento excesivo del número de infecciones.

Otro de los aspectos en los que se espera que Biden se distancie rápidamente del enfoque de Trump es el clima político. Es probable que en los primeros días de su presidencia anuncie la reincorporación al Acuerdo de París sobre el cambio climático y revierta los cambios introducidos por Trump en la normativa medioambiental.

Durante su campaña, Biden aseguró que devolvería la unidad a la política y a la sociedad en general, y prometió representar a todos los estadounidenses. Para demostrarlo, y quizás para disgusto de alguno de los militantes de izquierda del Partido Demócrata, llegó a invitar a la convención demócrata celebrada en agosto a republicanos como Cindy McCain, viuda del antiguo senador republicano por Arizona John McCain, y John Kasich, aspirante a la nominación presidencial republicana en 2016.

La elección de los miembros que conformarán el gobierno de Biden, entre los que posiblemente incluya a algún republicano para favorecer una mejor acogida en el Congreso, influirá en la forma en la que su equipo pueda poner en práctica su programa electoral. Después de todo, es posible que la promesa de Biden de «reconstruir mejor» no signifique lo mismo para un profesional de éxito en el sector empresarial o en Wall Street que para alguien que ha participado de forma activa en movimientos sindicales o medioambientales.

El deseo de derrotar a Trump ha enterrado la mayor parte de los desacuerdos entre las alas centrista y progresista del Partido Demócrata, pero ahora que la batalla ha terminado, es posible que estas tensiones vuelvan a salir a la luz.

La muerte de la jueza Ruth Bader Ginsburg en plena campaña electoral y el nombramiento de un tercer juez del Tribunal Supremo por parte de Trump, que dio lugar a una mayoría conservadora de 6 a 3, puso brevemente de manifiesto estos conflictos. Los militantes de izquierda abogaron por aumentar el número de jueces del tribunal, en un intento de evitar que este pudiera anular derechos actuales y futuros, así como ciertas leyes que son fundamentales para los demócratas. Los miembros del partido de orientación más centrista y los que hacían campaña en estados y distritos de tendencia republicana opinaron que se trataba de una medida demasiado radical y por la que podrían pagar un precio electoral.

Biden acalló el debate anunciando su intención de crear un comité formado por miembros de ambos partidos para estudiar el sistema de nombramiento del Tribunal Supremo que ofrecería resultados en seis meses. En el mejor de los casos, la mayoría demócrata en el Senado será muy ajustada, por lo que resulta bastante improbable que se logre aprobar una reforma radical del tribunal. Pero Biden se enfrentará a este problema siempre que desee aprobar alguna medida. ¿Qué grado de «agresividad» debería mostrar el nuevo gobierno para conseguir sus objetivos?

Es posible que la izquierda abogue por un enfoque maximalista y defienda la interpretación más agresiva de la normativa, la legislación y el poder ejecutivo, mientras que los demócratas más centristas esperarán que Biden tienda la mano e intente ganar aliados entre los miembros del Partido Republicano. Cuando sepamos a quién elige el presidente para formar gobierno, tendremos una primera pista de cómo pretende solucionar este problema.

Agenda legislativa: todo depende de Georgia

La campaña de Biden estaba plagada de ambiciosos objetivos legislativos. Más allá de la prioridad inmediata de contención del virus y de la puesta en marcha de importantes medidas de estímulo fiscal para acelerar la recuperación de la economía tras la pandemia, Biden prometió un aumento del gasto en infraestructuras, especialmente las destinadas a combatir el cambio climático, y la ampliación de la cobertura sanitaria mediante la reforma y el incremento de las subvenciones del programa Obamacare. Para financiar todo esto, Biden aumentaría de forma considerable los impuestos a las empresas y a los grandes patrimonios.

Todas estas propuestas se integraban en un marco más amplio que trataba de hacer frente a la desigualdad mediante la redistribución de las rentas, y anunciaban de forma implícita una mayor intervención del gobierno en la vida de los ciudadanos de lo que suele ser habitual en Estados Unidos. Otras políticas que apuntarían en la misma dirección e irían destinadas a aumentar la participación del factor trabajo en la renta nacional son el aumento del salario mínimo federal, la mayor participación de los sindicatos en la fijación de los salarios y una aplicación más rigurosa de la legislación laboral vigente. Además, algunos congresistas demócratas siguen siendo partidarios de revisar la aplicación de la legislación en materia de competencia y de tomar medidas destinadas a aumentar el control sobre las compañías tecnológicas y otras fuentes de influencia corporativa.

Todas estas políticas podrían tener importantes consecuencias para los mercados. Pero muchas de ellas únicamente podrían aplicarse tal y como Biden anunciaba en su campaña si los demócratas controlaran el Congreso, lo que vuelve a poner de relieve la importancia de las elecciones de Georgia.

A corto plazo, el Congreso podría aprobar una nueva ronda de estímulos fiscales, pero estaríamos hablando quizás de unos 500.000 millones de dólares, muy lejos de los 2 billones o más que, según los demócratas, necesita la economía.

Política exterior y comercio internacional

El principal reto de política exterior heredado del gobierno Trump es la relación con China. Bajo el mandato de Trump, el concepto chino y estadounidense del comercio y la tecnología eran muy diferentes, a lo que el gobierno de Biden podría incorporar el elemento de los derechos humanos. Es posible que Trump y Biden estuvieran de acuerdo en la existencia de ciertos problemas, pero se espera que sus enfoques para encontrar soluciones sean completamente diferentes.

Trump rechazó el enfoque tradicional estadounidense en materia de asuntos exteriores. Para él, las alianzas internacionales y el libre comercio mundial constituían una estafa que privaba a Estados Unidos de riqueza, poder y empleo. Su enfoque para resolver estas cuestiones era diferente al de los presidentes anteriores y parecía enorgullecerse de su carácter imprevisible en el marco de las relaciones exteriores. Creía que su capacidad para atemorizar y ofender a los aliados internacionales tradicionales le permitía obligar a otros países a cambiar las políticas que no le gustaban, y pensaba que su disposición a aumentar los aranceles obligaría a las empresas a volver a trasladar a Estados Unidos los puestos de trabajo del sector manufacturero.

El enfoque de Biden será más tradicional y considerado, basado en su larga experiencia en asuntos exteriores. Fue miembro del Comité de Relaciones Exteriores del Senado durante muchos años, y una de las razones por las que Obama lo eligió como su vicepresidente fue su experiencia en seguridad internacional y nacional.

Se espera que Estados Unidos recupere su papel como eje central del orden internacional bajo el mandado de Biden. Atrás quedaron los días en los que el país decidía abandonar la OMS en mitad de una pandemia mundial o cuestionar el papel de la OTAN. Y aunque las ventajas del libre comercio seguirán siendo objeto de un profundo escepticismo, el presidente Biden no va a aprobar la imposición de aranceles sobre países como Canadá por motivos espurios de «seguridad nacional». Un enfoque menos errático en materia de comercio y política exterior ofrecería cierta tranquilidad a las empresas de todo el mundo que se integran en las cadenas de suministro globales, de las que además dependen.

A continuación, el economista de BNP Paribas AM Chi Lo nos ofrece su análisis sobre las consecuencias de la presidencia de Biden en China.

Las consecuencias para China de un gobierno de Biden, Chi Lo

Pekín ha llegado a la conclusión de que su relación bilateral con Estados Unidos se ha alejado de forma permanente de la buena relación que mantenían ambos países antes de la era Trump. En la actualidad, los dos principales partidos estadounidenses son partidarios de endurecer la relación con China. Sin embargo, Pekín piensa que un gobierno de Biden resulta más predecible y fácil de tratar que Trump y sus aparentemente caprichosas decisiones políticas.

Guerra comercial y guerra tecnológica

Es posible que la presidencia de Biden traiga consigo el fin de la guerra comercial, ya que la política comercial del nuevo presidente se basa en el multilateralismo. Biden se opone a los aumentos unilaterales de aranceles y ha prometido eliminarlos si llega al poder, lo que debería reducir la probabilidad de que se produzca un recrudecimiento de la guerra comercial, algo que favorece tanto al comercio entre ambos países como al tipo de cambio del renminbi.

Gráfico 1: El renminbi se ha revalorizado frente al dólar estadounidense desde principios de año. El gráfico muestra el tipo de cambio del renminbi chino frente al dólar desde el 2 de enero al 9 de noviembre de 2020

Fuente: BNP Paribas Asset Management, a 9 de noviembre de 2020

Eso no significa que la eliminación de los aranceles vaya a ser fácil. Biden ha afirmado que decidiría sobre los aranceles chinos tras consultar con sus aliados. Por otro lado, Pekín tendrá que ofrecer condiciones favorables que faciliten las nuevas negociaciones comerciales entre China y Estados Unidos. Antes de llegar a un nuevo acuerdo, China aún tiene que cumplir los compromisos que adquirió en la «fase uno» del acuerdo comercial.

Además, el fin de la guerra comercial no significa el fin de la guerra tecnológica. En Estados Unidos existe un fuerte consenso sobre la necesidad de frenar el acceso de China a tecnología críticas. No parece probable que Biden vaya a eliminar los controles a la exportación de tecnología del gobierno de Trump, e incluso podríamos asistir a la aplicación de nuevos controles en los próximos cuatro años, aunque con menos frecuencia. No obstante, el gobierno de Biden se mostrará más flexible a la hora de gestionar cuestiones de seguridad nacional relacionadas con la tecnología, lo que daría un respiro a algunas compañías tecnológicas de ambos países.

Relaciones diplomáticas

Uno de los principales candidatos a Secretario de Estado es Tony Blinken, asesor de Biden y anterior Secretario de Estado del gobierno de Obama. Pekín le conoce y siente que la comunicación con él sería más fácil.

La postura de Biden sobre Taiwán y el Mar de China Meridional es la de mantener el statu quo, expresando al mismo tiempo su compromiso con la política de «una sola China» y con la Ley de relaciones con Taiwán (Taiwan Relations Act). El presidente ha dejado clara su intención de reactivar el acuerdo nuclear con Irán. Todas estas son áreas de colaboración con China.

Entre los indicadores que nos permiten evaluar la mejora de las relaciones diplomáticas entre ambos países destacan la posible reactivación por parte de Biden del diálogo económico y estratégico con China y la reapertura de los consulados de Chengdu y Houston.

Cambio climático

China y Estados Unidos comenzaron a colaborar en materia de cambio climático y energía durante el gobierno de Obama, del que Biden formaba parte. El nuevo presidente ha fijado un ambicioso objetivo de neutralidad de carbono de Estados Unidos para 2050, y Xi Jinping se ha comprometido a alcanzar dicha neutralidad en 2060. Es posible que Pekín trate de colaborar con el gobierno de Biden en materia de cambio climático.

Consecuencias para los mercados

Uno de los factores que más influirá en la reacción de los precios de los activos a la victoria de Biden es la capacidad del gobierno para aprobar leyes importantes, lo que en última instancia dependerá del resultado de las elecciones de Georgia.

Si los demócratas consiguen hacerse con la victoria, lo más probable es que la primera medida que propongan en el nuevo Congreso sea la aprobación de un nuevo e importante paquete de estímulos fiscales. Esta medida impulsaría las rentas de las empresas y los ciudadanos estadounidenses, favorecería un aumento del gasto en bienes y servicios y crearía nuevos puestos de trabajo, logrando así que la recuperación de la economía estadounidense se adelantara a la de sus principales socios comerciales.

En el pasado, la Reserva Federal ha tendido a reaccionar a las grandes expansiones fiscales subiendo los tipos de interés antes de lo que lo habría hecho de no haberse producido dicha expansión, ante el temor de un endurecimiento excesivo del mercado laboral, que podría traer consigo un aumento de la inflación.

Sin embargo, tras el cambio registrado este verano en la función de reacción de la Reserva Federal, que ha pasado de preocuparse por una caída excesiva de la tasa de desempleo a centrarse en garantizar el cumplimiento de su objetivo de inflación, pensamos que hay pocas posibilidades de que se produzca un endurecimiento de la política monetaria en los próximos años.

La principal conclusión a la que ha llegado nuestro equipo de renta fija tras los acontecimientos de los últimos seis meses es que la política monetaria ya ha agotado sus opciones para proporcionar estímulos. En este punto, la función de la política monetaria es atender el gasto fiscal comprando la cantidad requerida de títulos del Tesoro para evitar el aumento de los rendimientos reales, porque ahora es la política fiscal la única que puede ofrecer un impulso significativo al crecimiento.

Las garantías sobre el marco de objetivos de inflación son importantes, ya que aclaran la función de reacción del banco central y configuran las expectativas, pero lo realmente importante aquí es determinar cómo se pueden proporcionar estímulos a la economía cuando la política monetaria ya ha agotado sus recursos. El debate sobre si la Reserva Federal podrá tolerar un exceso de inflación resulta irrelevante si la política fiscal y monetaria no cuenta con los recursos necesarios para generar inflación.

El resultado de las elecciones estadounidenses indica que la inflación y los rendimientos de los bonos se mantendrán en niveles reducidos. Por lo tanto, es probable que continúe el proceso de «japonización» de la economía.

Las perspectivas de los mercados de renta variable también dependen de los resultados de las elecciones de enero. La reacción inicial de los mercados en los días siguientes a las elecciones fue la de deshacer todas las posiciones que descontaban una amplia victoria demócrata y, con ella, la aprobación de importantes estímulos fiscales y de leyes o cambios normativos significativos que afectarían a los sectores de la energía, las finanzas, la sanidad y la tecnología.

Gráfico 2: Rentabilidad relativa de ciertos índices de renta variable

Información a 9 noviembre 2020. Nota: Rentabilidad en relación con el índice S&P 500, salvo en el caso de los mercados emergentes, cuyo índice de referencia es el MSCI World. *Hasta el 6 de noviembre de 2020. Fuente: FactSet, BNP Paribas Asset Management

Ante la perspectiva de que los cambios legislativos y normativos sean más limitados de lo previsto inicialmente, el estímulo fiscal es la única herramienta que nos queda. Dejando a un lado la evolución de la pandemia y las posibles vacunas, a lo que realmente estarán atentos los inversores en los próximos meses es a la cuestión de si se aprobará o no alguna medida de estímulo fiscal, ya sea en la etapa de transición hacia el nuevo gobierno o cuando Biden acceda formalmente a la presidencia el año próximo, así como qué magnitud tendrán las medidas aprobadas y a qué sectores beneficiarán.

Sin el anuncio de cambios importantes desde Washington, las noticias relativas a la pandemia y a las vacunas, junto a los fundamentales del mercado de renta variable y las perspectivas económicas, se convertirán en la cuestión fundamental. Recientemente se ha anunciado que los resultados del ensayo clínico de una de las vacunas han sido mejores de lo inicialmente previsto, lo que ha impulsado los activos de riesgo. Sin embargo, los casos de coronavirus continúan aumentando y la actividad económica podría verse afectada este invierno. Los mercados equilibrarán los riesgos a corto plazo en relación con unas perspectivas de crecimiento que deberían ser más positivas a medio plazo.

Lo que hemos aprendido en el tercer trimestre, en el que las compañías del S&P 500 han superado las previsiones en casi un 20%, casi las dos terceras partes de las empresas que ofrecieron una previsión de sus ganancias revisaron al alza dicha previsión y las revisiones de ganancias para el próximo año se duplicaron con creces, es que incluso si vuelven a imponerse nuevas restricciones este invierno, las cifras de ganancias se recuperan con rapidez una vez que se levantan dichas restricciones.

Aunque la falta de una victoria más amplia del Partido Demócrata dificulta la aprobación de estímulos a corto plazo, también reduce el riesgo de aumento de los impuestos y de reformulación de la normativa a medio plazo. Es posible que los mercados no siempre consigan lo que quieren, pero, a veces, consiguen lo que necesitan.

Biografías

Mark Allan, economista senior

Mark es economista senior en BNP Paribas Asset Management. Se dedica a analizar y realizar previsiones sobre la economía de Estados Unidos y las perspectivas de la política monetaria de la Reserva Federal. Mark se incorporó a la compañía en 2020 y está basado en en Londres.

Antes de incorporarse a la gestora, Mark trabajó como economista senior en Autonomy Capital, donde dirigía la labor de análisis macroeconómico de los mercados desarrollados y era un miembro principal del equipo de inversión. Anteriormente, trabajó como economista senior Axa Investment Managers, y como economista en la dirección de política monetaria del Banco de Inglaterra.

Mark tiene 17 años de experiencia en el sector y un máster en Economía por la London School of Economics.

Chi Lo, economista senior

Chi es economista senior de la región de China continental en BNP Paribas Asset Management y está basado en Hong Kong. Chi se incorporó a la gestora en 2010 a través de HFT Investment Management (HK), empresa asociada de BNP Paribas AM en China, donde ejerció el cargo de director general.

Antes de incorporarse a HFT, fue el director de inversión extranjera en Ping An de China Asset Management (HK) Ltd. También ha trabajado como director de análisis de Asia para el fondo británico de propiedad privada Grosvenor, economista jefe y estratega para Asia en el Standard Chartered Bank y director de análisis de la región de China continental en el HSBC de Hong Kong.

Se licenció en economía por la London School of Economics and Political Science en Inglaterra y la Universidad de British Columbia en Canadá.

Daniel Morris, estratega de inversión senior

Daniel es estratega de inversión senior y codirector de nuestro centro de Perspectivas de inversión.

Antes de incorporarse a la compañía en 2015, Daniel trabajó como director general y responsable de estrategia de inversión global en TIAA-CREF, donde se encargaba de asesorar a los clientes y los gestores sobre estrategias de inversión y asignación de activos. Anteriormente, Daniel trabajó como responsable de estrategia global de mercados en JP Morgan Asset Management, estratega senior de renta variable en Lombard Street Research y estratega de renta variable estadounidense en Bank of America Securities.

Cuenta con 23 años de experiencia en el sector. Está licenciado en Matemáticas por Pomona College, tiene un máster en Economía Internacional y Estudios Latinoamericanos por la Universidad Johns Hopkins y un MBA por la Wharton School de la Universidad de Pensilvania. Es analista financiero colegiado (CFA).


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