En diciembre, la inflación china se aceleró al ritmo más rápido en casi tres años, gracias principalmente al aumento de los precios de los alimentos. Sin embargo, este repunte enmascara presiones deflacionistas en el conjunto de la economía, especialmente en el sector industrial.
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El deflactor del PIB1 del país se mantiene firme en territorio negativo y cae por tercer año consecutivo, marcando así la racha más prolongada de caídas generalizadas de precios desde finales de la década de 1970. Para los inversores de renta variable, el deflactor del PIB constituye un indicador clave para evaluar los resultados de las empresas, el potencial de crecimiento de los beneficios y las condiciones generales del mercado.
Pese a los indicios de aumento de la inflación, China continúa teniendo que hacer frente a diversas fuerzas deflacionistas. La economía del país, que se ha visto afectada por la caída del mercado inmobiliario y la debilidad del consumo, ha tenido dificultades para salir de la deflación que venía registrando desde el final de la pandemia. El exceso de producción en ciertos sectores ha derivado en un exceso de oferta de bienes, lo que ha obligado a las empresas a reducir sus precios para mantenerse a flote.
La renta variable se desmarca de las tendencias macroeconómicas
Durante la reciente Conferencia Central de Trabajo Económico, las autoridades chinas reafirmaron su compromiso con la denominada campaña contra la involución, destinada a acabar con las destructivas guerras de precios que han erosionado los márgenes de beneficios en sectores como el de los vehículos eléctricos o el de la entrega de comida a domicilio. Sin embargo, el gobierno no ha logrado grandes avances en este ámbito, dada su preocupación por posibles pérdidas de empleo y por la ralentización del crecimiento económico, lo que ha frenado la adopción de medidas políticas más agresivas.
A pesar del complicado entorno macroeconómico, los mercados de renta variable china registraron rentabilidades superiores al 10% en 2025. Esta divergencia con respecto a las tendencias macroeconómicas puede deberse a los sólidos resultados que han alcanzado sectores como el tecnológico, gracias a los avances en inteligencia artificial, el biotecnológico y otros que se ven también favorecidos por las iniciativas contra la involución.
Además, el aumento de la liquidez ha favorecido la revalorización de las empresas, ya que el ahorro ha vuelto a canalizarse hacia la renta variable: una rentabilidad por dividendo más atractiva que los tipos de interés de los depósitos está logrando atraer a los inversores. Por otra parte, la rentabilidad de la renta fija se ha reducido, la volatilidad de los mercados ha aumentado y el mercado inmobiliario mantiene su debilidad, lo que lleva a los inversores a buscar vías de inversión alternativas.
De cara a 2026, la debilidad de la confianza del sector privado y de los consumidores y los desequilibrios entre la oferta y la demanda limitan cada vez más el potencial de reflación y, en última instancia, los beneficios empresariales.
La reactivación de la demanda interna es esencial para lograr un crecimiento sostenido a largo plazo, pero aún se tardará un tiempo en redirigir la economía hacia unos niveles de consumo más elevados. Por ahora, la política económica sigue centrada en un modelo de crecimiento impulsado por la inversión y el comercio, poniendo el acento en el desarrollo de un sistema industrial moderno y en la autosuficiencia tecnológica. En este contexto, los inversores deben prestar especial atención a aquellas áreas que se ven favorecidas por esta política y por la innovación tecnológica.

Todo gira en torno a la infraestructura de inteligencia artificial (por ahora)
Los mercados de renta variable global han empezado el año con fuerza, continuando así con la tendencia alcista que ya vimos en 2025, impulsada por el creciente dinamismo en el desarrollo de la inteligencia artificial. Las expectativas del mercado apuntan a que el gasto relacionado con la inteligencia artificial superará los niveles de 2025, ya que está aumentando el número de compañías que están adoptando estas tecnologías. Algunas estimaciones señalan que los conocidos como «hiperescaladores», proveedores a gran escala de centros de datos y servicios en la nube, gastarán en torno a 600.000 millones de dólares en 2026, frente a los aproximadamente 470.000 millones que gastaron en 2025.
No obstante, cabe destacar que el reciente repunte de los mercados ha venido impulsado, no tanto por las empresas que desarrollan las propias tecnologías de inteligencia artificial, sino por las que proporcionan las herramientas y las infraestructuras necesarias para el crecimiento de la inteligencia artificial, entre las que se incluyen los fabricantes de semiconductores y los proveedores de hardware, así como los proveedores de plataformas de computación en la nube. Se prevé que todas ellas se beneficien del aumento del gasto de capital en el desarrollo de la nueva tecnología.
Actualmente, el interés de los inversores se concentra en las empresas que proporcionan la infraestructura computacional necesaria para construir los ecosistemas de inteligencia artificial. Por el contrario, las revalorizaciones han sido algo más moderadas en las compañías vinculadas a los «aceleradores» y al software de la inteligencia artificial, ya que sus aplicaciones se encuentran aún en fases tempranas de comercialización y sus perspectivas de crecimiento generan una mayor incertidumbre.
Es probable que el desarrollo de esta compleja infraestructura se enfrente a ciertos obstáculos, como las limitaciones de capacidad de potencia de cálculo, la disponibilidad de centros de datos y la necesidad de fuentes de energía fiables, estables y de bajo coste.
En esta fase de desarrollo, la capacidad de potencia de cálculo se ve favorecida por el gran desequilibrio que existe entre la oferta y la demanda, que impulsa al alza los precios. Por ejemplo, el proveedor de análisis TrendForce estima que el precio medio de la memoria dinámica de acceso aleatorio (DRAM) aumentó entre un 50% y un 55% en el cuarto trimestre de 2025, y señaló que los pedidos para 2026 ya superan la capacidad disponible. La memoria DRAM es un componente esencial: funciona como la memoria de trabajo de alta velocidad de un ordenador y ofrece un acceso rápido a los datos necesarios para el procesamiento activo.
Por otra parte, los centros de datos de inteligencia artificial consumen una enorme cantidad de energía. Los nuevos modelos de DRAM que se están desarrollando reducen entre un 40% y un 70% dicho consumo energético durante el movimiento de datos, lo que resulta crucial a la hora de ampliar las «superfábricas» de inteligencia artificial en el marco de las redes eléctricas existentes.
Según algunos cálculos, se prevé que la escasez de hardware continúe, al menos, hasta 2027, ya que se tarda entre dos y tres años en construir nuevas fábricas de ordenadores. Es probable que esta escasez prolongada de la oferta beneficie más a las compañías de semiconductores que a otros segmentos del sector tecnológico, no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo, y especialmente en Asia, donde se concentran muchas de las cadenas de suministro.

[1] El deflactor del PIB mide el nivel general de variación de los precios (inflación o deflación) de todos los bienes y servicios finales producidos en el país en una economía. Se calcula dividiendo el producto interior bruto nominal (a precios corrientes) entre el PIB real (ajustado por inflación o a precios constantes) y multiplicando el resultado por 100.