Dos palabras se han disputado la atención de los inversores a lo largo del año: «recesión» e «inflación». Cuanto más sube la inflación en Estados Unidos, más conscientes somos de la posible necesidad de una recesión para acercar las subidas de precios al objetivo del 2% fijado por la Reserva Federal para el índice de gastos en consumo personal (PCE).
No es de extrañar que las búsquedas de Google para el término «recesión» alcanzaran su nivel máximo justo después de que la Reserva Federal decidiera (de forma inesperada) subir los tipos en 75 puntos básicos en lugar de en 50 puntos, tal y como se esperaba (véase gráfico 1).
Los medios de comunicación citan cada vez a más inversores, economistas y directivos que prevén una recesión en algún momento de 2023. Muchos apuntan al mercado bajista de la renta variable estadounidense como la señal más evidente de una inminente recesión.
Sin embargo, si los buscamos, también podemos ver indicios que apuntan a que una recesión resulta poco probable.
Aunque el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, ha reconocido el riesgo de recesión, las propias proyecciones de la entidad sobre el crecimiento del PIB en los próximos años apuntan a que la economía crecerá a un ritmo constante del 1,7%-1,9%, incluso cuando la inflación vuelva al nivel objetivo (lo que se conoce como un «aterrizaje suave» por excelencia).
Según Bloomberg, las previsiones de consenso de los economistas apuntan a que el crecimiento trimestral del PIB no llegará a caer por debajo del 1,6% (en términos anualizados) entre el momento actual y finales de 2023 (véase gráfico 2).
Entonces ¿qué palabra gana?
En lo que respecta a los mercados de renta fija, solo se ha invertido un porcentaje reducido de la curva de tipos. Se trata de un nivel muy inferior al que suele indicar que una recesión está a la vuelta de la esquina. Aunque el rendimiento de los títulos del Tesoro a diez años ha retrocedido con respecto al 3,5% registrado a mediados de junio, sigue estando por encima del 3%.
Podría decirse que ni siquiera el mercado de renta variable descuenta la recesión. Si bien es cierto que el mercado ha caído con fuerza en lo que va de año (hasta registrar un nivel mínimo de -23% a mediados de junio), las expectativas de beneficios empresariales han aumentado. En una recesión, estas cifras de beneficios suelen caer en torno al 20%, lo que provoca una caída proporcional del nivel del índice de renta variable.
Es cierto que este aumento de los beneficios ha venido impulsado por las compañías del sector de las materias primas, pero incluso si las excluimos, las revisiones a la baja han sido reducidas (solo de aproximadamente un 2%). Para este año y el siguiente, aún se prevé que el crecimiento medio de los beneficios empresariales se sitúe en torno al 8% (tanto si incluimos como si excluimos los sectores de materias primas).
¿Recesión o reducción de la inflación?
No obstante, si el temor a la inflación se convierte en realidad, el actual optimismo que se percibe en los mercados de renta variable podría acabar pronto.
Para alcanzar el objetivo de inflación de la Reserva Federal, el PCE tendría que caer 6,5 puntos porcentuales con respecto al nivel actual del 8,5%. Actualmente, los mercados prevén que el tipo de interés de los fondos federales suba un 3,5%. Históricamente, las subidas de esta magnitud han traído consigo caídas del índice de renta variable S&P 500 de en torno al 30%.
En el escenario más favorable, la Reserva Federal no necesitaría reducir tanto la demanda subiendo los tipos de interés para disminuir la inflación. Las presiones inflacionistas podrían comenzar a ceder, pero para ello sería necesario que las tensiones geopolíticas en torno a Ucrania se suavizaran para permitir que los precios del petróleo y el gas bajaran, junto con una reapertura sostenida de la economía china para reducir los cuellos de botella de la cadena de suministro.
Todo dependerá de la trayectoria de inflación en los próximos meses.
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