No hace mucho, los inversores valoraban la importancia de la detención del presidente venezolano Nicolás Maduro. Algo que parece ya un pasado lejano tras las recientes tensiones sobre Groenlandia.
Pese a los numerosos titulares al respecto, el impacto que han tenido en los mercados los esfuerzos del gobierno de Donald Trump para hacerse con Groenlandia ha sido limitado. Los mercados de renta variable marcaban su nivel más bajo el 20 de enero, con caídas de solo el 2% en los mercados europeos y estadounidenses, frente a los descensos del 9% al 12% que se registraron en abril del año pasado tras el Día de la Liberación. El precio del oro ha seguido subiendo, con un avance adicional del 4%, ya que los importantes cambios que se están produciendo en el contexto geopolítico y el comercio internacional tendrán consecuencias a largo plazo para los inversores.
El dólar estadounidense es otro de los activos que podría acusar un mayor impacto en precios, en un contexto de menor interés de los inversores por los activos estadounidenses. No obstante, aunque este factor puede tener un cierto impacto, no está claro que el dólar haya reaccionado de forma significativa por este motivo.
En los últimos días, el billete verde ha caído apenas 0,01 dólares frente al euro. En 2025, la divisa estadounidense cayó un 5% en términos reales y ponderados por intercambios comerciales, pero ello se produjo después de que el dólar se hubiera revalorizado en casi un 50% desde 2011. Además, durante el primer mandato de Trump, la caída del dólar fue del 9% (véase el gráfico 1).

Por otra parte, los inversores extranjeros no están vendiendo los activos estadounidenses. En los siete meses posteriores al Día de la Liberación, las compras netas de activos estadounidenses por parte de inversores extranjeros ascendieron a 1,2 billones dólares, casi el doble de las entradas de capital registradas en los siete meses anteriores.
Aún no están claras las consecuencias a corto plazo que podría tener lo ocurrido recientemente en Irán, Venezuela y Groenlandia en los mercados y el crecimiento económico, por lo que, en nuestra opinión, la reacción contenida que han tenido hasta ahora los mercados es la adecuada. Si el resultado fuera la reducción de los precios del petróleo, el impacto sería positivo.
Rotación o reequilibrio
De cara a 2026, y en términos de rentabilidad de la renta variable, se prevé un mayor equilibrio entre los sectores tecnológicos y no tecnológicos, e incluso una posible rotación del crecimiento al valor, que derivaría en una rentabilidad superior del segmento de valor.
Esta tendencia ya ha comenzado a materializarse. Desde principios de año, el índice Russell 1000 Value ha superado al índice tecnológico Nasdaq 100 en tres puntos porcentuales, después de haberse visto superado por este en seis puntos en 2025 (véase el gráfico 2).

En los mercados emergentes no ha ocurrido lo mismo. Cabe señalar que el sector tecnológico ha sido un motor de rentabilidad tan relevante en los mercados emergentes como en Estados Unidos.
De hecho, la diferencia de rentabilidad entre el sector tecnológico y el resto en 2025 en los mercados emergentes ha sido incluso superior a la registrada entre el Nasdaq 100 y el Russell Value, ya que las compañías tecnológicas en los mercados emergentes han superado a las no tecnológicas en casi 40 puntos porcentuales.
Este patrón se mantiene este año. Las compañías tecnológicas de la región, principalmente en Taiwán, China y Corea del Sur, han subido un 11% desde principios de 2026, frente al 4% de las empresas no tecnológicas. Las previsiones apuntan a unos datos trimestrales positivos de beneficios para las tecnológicas estadounidenses, así como a unas sólidas perspectivas para el conjunto del año, lo que nos lleva a pensar que el índice Nasdaq 100 podría ir ganando terreno en los próximos meses.
Por lo tanto, no se trata tanto de que el sector no tecnológico registre mejores resultados, sino de que se reduzca la diferencia entre ambos segmentos. En cierto sentido, este ajuste resulta inevitable.
A los inversores les sigue preocupando la posibilidad de que se produzca una burbuja de la inteligencia artificial, y especialmente si las compañías tecnológicas van a lograr rentabilizar sus importantes inversiones de capital.
La evolución necesaria de la revolución de la inteligencia artificial pasa por que las tecnológicas vendan sus productos a las empresas no tecnológicas, que utilizarán la nueva tecnología para aumentar sus ingresos o reducir sus costes, lo que a su vez se traduciría en una aceleración del crecimiento de los beneficios por acción.
Si esto no ocurre, el riesgo de una burbuja en la inteligencia artificial podría acabar materializándose.