Se ha asumido como algo evidente que el impacto económico de la guerra de Irán ha sido peor para Europa que para Estados Unidos, ya que la primera es importadora, y no exportadora, de energía.
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Desde el punto de vista del PIB, no cabe duda de que así ha sido. Lo más normal es que la exportación neta mejore en Estados Unidos y se deteriore en Europa.
Sin embargo, el efecto en la actividad empresarial y la demanda de los consumidores no tiene por qué ser diferente. A una empresa o a un particular no le importa demasiado si la energía, ahora más cara, ha sido importada o es de producción nacional.
El precio del petróleo Brent, que es la referencia para Europa, ha subido más que el del West Texas Intermediate, la referencia estadounidense, pero la diferencia no ha sido exagerada. La «prima» del Brent (la diferencia entre la subida de precios del Brent frente al WTI) ha sido, de media, solo del 7% en los dos últimos meses, aunque algunos días ha llegado a alcanzar el 20% (véase el gráfico 1).

Sin embargo, esta prima no parece suficiente como para provocar un deterioro significativamente mayor de la economía europea. De hecho, el impacto de la subida de los precios de la energía podría llegar a ser mayor en Estados Unidos.
El conductor medio estadounidense recorre al año aproximadamente el doble de kilómetros que el europeo. Además, los costes de transporte representan una proporción mayor de los costes del sector servicios en Estados Unidos que en Europa, ya que su tamaño físico es mucho más grande. Por otra parte, el sector manufacturero representa un porcentaje también superior de la economía en Europa (15%) que en Estados Unidos (10%).
Independientemente de lo que cabría esperar en términos de impacto, lo cierto es que los índices de gestión de compras muestran que el deterioro es mayor en la economía europea que en la estadounidense.
Aunque, de forma algo sorprendente, el componente manufacturero de algunos índices mejoró en marzo y abril, en parte debido al aumento de los plazos de entrega por parte de los proveedores, que el índice interpreta de manera positiva porque puede apuntar a un aumento de la demanda, las cifras preliminares de mayo cayeron a territorio de contracción en Alemania y Francia, frente a la mejora registrada en Estados Unidos (véase el gráfico 2).

El deterioro del componente del sector servicios del índice fue inmediato y más acusado, aunque el impacto de la subida de los precios de la energía debería ser inferior en este sector que en el manufacturero.
Los índices europeos han caído una media de cinco puntos y todos los valores se sitúan por debajo de 50, lo que indica contracción. En Estados Unidos, el deterioro ha sido de menos de dos puntos y los índices se mantienen en territorio de expansión.
Para los inversores, el árbitro definitivo es el propio mercado, cuyo mensaje ha sido igual de contundente. Desde el 27 de febrero, la renta variable europea se ha visto superada por las compañías estadounidenses de valor. Se ha utilizado el índice Russell 1000 Value en vez del S&P 500 para que la comparación resulte equivalente en términos de composición por sectores. El índice S&P 500 ha obtenido mejores resultados que el Russell, pero ello se debe a los sólidos resultados que han registrado en todo el mundo las compañías tecnológicas, que representan solo una pequeña parte del índice MSCI Europe.
Pese a la recuperación que han mostrado los mercados de renta variable desde finales de marzo, la rentabilidad del índice MSCI Europe desde principios de año sigue siendo negativa, mientras que el índice Russell Value acumula una subida superior al 5% (véase el gráfico 3).

La rentabilidad inferior de la renta variable europea frente a la estadounidense no es nada nuevo, pero podría ser un error atribuirla a la guerra de Irán. Los retos estructurales a los que se enfrenta la región y el mayor dinamismo de las compañías estadounidenses podrían ser una explicación más probable.
Para los inversores que buscan exposición a la región, una opción más adecuada podría ser centrarse en aquellos sectores que están llamados a beneficiarse de las iniciativas destinadas a reforzar la «autonomía estratégica» de Europa. Este proyecto aborda las carencias que presenta el sector europeo de la defensa, pero también pretende impulsar los recursos en ámbitos como, por ejemplo, la sanidad y la independencia energética.
La oportunidad de inversión es clara, ya que permitiría a los inversores monetizar de forma efectiva el gasto público, porque la financiación destinada a respaldar estas iniciativas se dirige principalmente a las empresas. Como contrapartida, si la deuda acaba siendo la fuente principal de financiación de este gasto adicional, el rendimiento de la deuda pública podría aumentar.