Noviembre empezó bien, pero...

Noviembre empezó bien para los mercados de renta variable gracias a los buenos resultados corporativos registrados durante el tercer trimestre. A pesar de la inquietud en torno a la inflación y al riesgo de endurecimiento de la política monetaria, así como por la amenaza que supone la inflación para la capacidad adquisitiva de las familias, la tendencia alcista llevó al índice de renta variable MSCI AC World (en términos de dólar) a registrar un máximo histórico el pasado 16 de noviembre. En aquel momento, la renta variable global había subido un 1,8% desde finales de octubre y la renta variable emergente un 2,0%.

Un mes de altibajos que terminó a la baja

Después vino la caída: el mercado de renta variable se vio afectado por la quinta ola de COVID, que afectó de manera especialmente grave a algunos países europeos. La gota que colmó el vaso llegó el 26 de noviembre, fecha del «Black Friday», cuando se conoció la aparición de la nueva variante ómicron. Coincidió también con la fecha de Acción de Gracias en Estados Unidos, por lo que la liquidez del mercado fue especialmente escasa.

La noticia provocó una brusca y generalizada venta masiva en el mercado de renta variable (-2,2% en el caso del índice MSCI AC World), con una nueva pérdida del 1,6% el último día del mes.

Una nueva (¿y peligrosa?) variante

La aparición de la nueva variante del virus afectó a la confianza de los inversores y los gobiernos. La cepa ómicron, identificada por primera vez en Sudáfrica, es potencialmente más transmisible que la delta y presenta características que podrían hacerla resistente a las vacunas. Los resultados de las pruebas al respecto se esperan en breve. Los laboratorios han afirmado que las vacunas podrían adaptarse en menos de seis semanas y estar disponibles en 100 días.

Las prohibiciones a los viajes, junto al endurecimiento de las restricciones en varios países europeos para tratar de frenar la quinta ola, reavivaron la preocupación de los inversores sobre la posibilidad de una repentina ralentización de la economía mundial.

La caída registrada durante el mes por el índice MSCI AC World fue del 2,5%. El índice MSCI Emerging Markets cayó un 4,1%. Las mayores pérdidas se registraron en aquellos mercados emergentes expuestos a la brusca caída de los precios del petróleo, ante el enfrentamiento entre Estados Unidos (que liberó parte de sus reservas estratégicas de petróleo) y otros países productores de petróleo (que están aumentando la producción solo de forma gradual). La inquietud en torno al crecimiento de la economía mundial se sumó a la presión a la baja de los precios.

Por si fuera poco, en las declaraciones realizadas a final de mes, el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Jerome Powell, insistió en el proceso de endurecimiento de la política de la entidad. En su intervención ante el Senado estadounidense el 30 de noviembre, que se había preparado antes de conocerse el descubrimiento de la nueva variante ómicron, reforzó las expectativas de endurecimiento de la política monetaria estadounidense, lo que afectó especialmente a los mercados financieros. Aun así, los mercados de renta variable estadounidense superaron al resto: el índice S&P 500 cayó únicamente un 0,8% desde finales de octubre y el índice compuesto NASDAQ cerró el mes con una ligera subida.

La renta variable europea se vio afectada por las restricciones impuestas en todo el continente para luchar contra el aumento de las infecciones provocadas por la variante delta. El índice EuroSTOXX 50 cayó un 4,4%, hasta alcanzar su nivel más bajo desde mediados de octubre. El índice Nikkei 225 cayó un 3,7%. En lo que respecta a los sectores, los más negativos a escala mundial fueron el de la energía y el de las finanzas, que se vieron afectados por la reducción de la pendiente de las curvas de tipos.

¿Una versión menos favorable al mercado del mismo presidente de la Reserva Federal?

Las declaraciones realizadas por Jerome Powell el pasado 30 de noviembre apuntan a que el presidente de la Reserva Federal ya no piensa que las presiones inflacionistas sobre la economía estadounidense vayan a tener carácter transitorio. Su intervención impulsó las expectativas del mercado sobre la posibilidad de que el tipo de interés aplicable a los fondos federales, que está en 0-0,25% desde marzo de 2020, pudiera subir ya en 2022. Powell, a quien el presidente Biden renovó en el cargo el pasado 22 de noviembre, insistió en el perjuicio que causa la inflación sobre la capacidad adquisitiva de las familias. El nuevo vicepresidente de la entidad, Lael Brainard, se hizo también eco de este mensaje.

El presidente de la Reserva Federal también señaló su intención de proponer una aceleración del proceso de cese gradual de las medidas de estímulo en la reunión sobre política monetaria que se celebrará el próximo 15 de diciembre. Ello supondría la aceleración de la reducción de las compras mensuales de activos, que ascienden actualmente a 120.000 millones de dólares, en 10.000 millones para los títulos del Tesoro y en 5.000 millones para los bonos de titulización hipotecaria emitidos por organismos gubernamentales en noviembre y diciembre.

Estas declaraciones llegaron en un momento en el que los indicadores económicos mostraban una aceleración de la demanda nacional, lo que apunta a una recuperación del crecimiento en el cuarto trimestre, tras el modesto repunte registrado en el tercero. Al mismo tiempo, la inflación ha continuado acelerándose y ha crecido al ritmo más rápido desde la década de 1990. Todo ello está comenzando a afectar a la confianza de los consumidores.

El Banco Central Europeo también tiene asuntos que resolver

En noviembre, el Banco Central Europeo (BCE) calmó las expectativas del mercado sobre una posible subida de los tipos de interés, aduciendo que las condiciones para el endurecimiento de su política monetaria no se cumplirían en 2022, dado el carácter «temporal» del actual repunte de la inflación. El rendimiento del bono alemán a dos años cayó del -0,59% registrado a finales de octubre a -0,74%.

La decisión adoptada por el Banco de Inglaterra contribuyó a la caída. De forma inesperada, la entidad no subió su tipo de interés oficial el 4 de noviembre, tal y como se esperaba. El mercado ajustó rápidamente sus expectativas de subida de tipos por parte del BCE a partir de 2022, mientras que la entidad volvió a insistir en que dicho endurecimiento no estaría justificado, en clara divergencia con la opinión de la Reserva Federal sobre la inflación.

Los mercados de deuda de los países de la periferia europea se vieron afectados por la incertidumbre en torno a las perspectivas del plan de emergencia contra la pandemia del BCE. Algunos miembros del consejo de gobierno de la entidad cuestionaron la necesidad de poner en marcha un programa adicional después del fin del programa de emergencia, previsto para el mes de marzo, mientras que otros señalaron que se mantendrían las medidas de estímulo monetario. Esto llevó a algunos a pensar que el programa habitual de compras de activos por valor de 20.000 millones de euros podría completarse con nuevas compras por valor de, de media, otros 20.000 millones de euros.

Veamos el lado positivo

La evolución más reciente del COVID y de la política monetaria preocupa a los inversores, y se prevé que la fase actual de volatilidad continúe al menos hasta final de año, ya que es probable que disminuya el volumen de transacciones.

La variante ómicron ha suscitado preocupación sobre la situación sanitaria. Los cuellos de botella de las cadenas de suministro podrían mantenerse si se endurecen las restricciones sociales y económicas. Sin embargo, si dichas restricciones afectan al consumo de servicios, la inflación podría ralentizarse. Los inversores también deberían tener en cuenta la posibilidad de que la variante ómicron acabe siendo la primera variante del virus que provoque una forma menos grave de la enfermedad.

En lo que respecta a la política monetaria, los bancos centrales no parecen pensar que esta variante vaya a cambiar de forma radical su análisis de las perspectivas económicas. De hecho, desde hace varios meses, las consecuencias de las distintas medidas de confinamiento sobre la actividad económica han sido limitadas, y temporales.

Aun en el caso de que siga apreciándose un cierto grado de preocupación, no debería cuestionarse el escenario favorable a medio plazo. La demanda nacional es sólida, favorecida por la continua mejora del empleo, y parece capaz de resistir la retirada gradual de los programas de medidas de estímulo.


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